28 dic. 2013

EpiKuro




K. inquiere:
si vuestra es la entraña del pedregal, 
¿hacia dónde se dirige tan inquieta carrera?

(Ellas callan y al sonido de la voz de K. se dispersan)

K. otra vez:
tejed banderas nuevas, pues los hombres no saben 
sino ocuparlas de inútiles campos de gules





22 dic. 2013

La tentación frutal, de Capernius Gotenberg




"...Yo solía ver cada día aquella estampa de un viejo calendario en la pared de la cocina. El fogón crepitaba y a la luz de los rescoldos los efectos de la lámina se pronunciaban hasta alterar las caracterizaciones de los personajes. Según la intensidad de la lumbre el rostro melancólico del monje perdía su tristeza y la cara compungida de la beata se transformaba en un haz de luz que la transportaba. Cuando mi padre se había quedado dormido sobre la mesa, harto de aquel tinto peleón de la última cosecha, y mi madre, algo amodorrada también, se ocupaba con escaso garbo de los últimos quehaceres domésticos de la jornada yo permanecía absorto en la imagen. Envidiaba principalmente la variedad de fruta, algo no siempre conocido en la modesta pitanza de mi familia. Imaginaba que la copa de moscatel se me ofrecía y la cataba como cuando haciendo de monaguillo probábamos a hurtadillas el vino del cura. Más allá de aquel mantel blanco, las imágenes se me revelaban misteriosas. Que los rostros mutasen me resultaba cosa de brujas, pero que me pareciera advertir que las manos del clérigo y de la mujer gesticulaban inducían en mí una desazón a la que no lograba acostumbrarme. Una noche apareció por casa mi hermano mayor y me pilló abstraído frente a la hoja del calendario. Ah, pillo, me dijo, no le quitas ojo, ¿eh? Solo acerté a responderle: son las uvas, esa fruta y la comida que tiene que haber en la parte del mantel que no se ve. Él rió, y echó un pulso a mi inocencia: Siempre lo que más nos atrae es lo que no se ve, por eso conviene catar primero, así sabemos no solo si está en su punto el fruto sino si se conserva nuestro apetito. Yo no entendí aquello sino al pie de la letra. Después de tantos años no tengo delante la vieja lámina. Pero soy capaz de describirla palmo a palmo, aunque ahora falten las luces del fogón."



Fragmento de La tentación frutal, de Capernius Gotenberg hijo, basada en el cuadro El monje y la beata, del pintor Cornelis Cornelisz van Harlem.


13 dic. 2013

Reencuentro





Vergogna, vergogna, gritaba la mitad de Gregorio para justificar su ausencia. Tenías que haber dicho más bien scham! respondió en un turbio y oneroso alemán la otra mitad de su cuerpo, mientras se restregaba con la arista de una esquina. Lo diga de una manera u otra no he tenido vergüenza, es verdad, soltó el Gregorio más humano. Demasiado tiempo he tenido abandonado este jardín florido de relatos intrascendentes, mientras crecía tu costra. ¿A que más de una vez habías pensado que ya era todo tuyo, bicho inmundo? La mitad insecto de Gregorio no se da nunca por aludida, pues sabe que antes o después el hombre será de su especie en la totalidad. No tengo prisa, Gregorio, por mí puedes callar o seguir hablando; puedes quejarte o ensalzar; puedes injuriarme o hacer que me adoras. Estás destinado a ser yo. Cuando escucha al insecto demediado Gregorio se queda callado y se mira. Hoy he perdido un trozo de pierna, ayer fueron los dedos de los pies, hace unos días mis rodillas cambiaron la posición y su rotación es inversa...El hombre Gregorio repasa sus pérdidas mientras el monstruo ex Gregorio le contempla con unas órbitas diferentes y aletea con sus tentáculos peludos. La próxima vez no tardes tanto, dice apenado el nuevo Gregorio al antiguo. Te he traído una flor de mi viejo mundo, le dice el Gregorio hombre. Dicen que hay que apaciguar a los monstruos o cantando o haciendo sonar música o trayéndoles una hermosa flor. Dank! Dank!, repitió el ser extraño que ya no sabía qué era una flor. Tal vez este obsequio no podrá parar que tú acabes siendo yo, pero acaso ni yo llegue a ser el engendro para lo que parece que voy destinado. El recién llegado habló enternecido: ¿Te parece que coloque la flor en un jarrón de vidrio, mi otro Gregorio? Pero el Gregorio parásito se había contraído, anhelando no avanzar un milímetro más de aquella posición.





7 jul. 2013

La cajita de secretos, de Marcel Le Chant




"...Era de secretos hasta hace poco, pero ya no lo es, no lo es porque he decidido que los demás sepan lo que contiene, y quiero que lo sepan para que compartan, y compartir no es decirlo solamente, no, lo voy a dar todo, aún no tengo pensado cómo, tal vez a los chicos de la escalera les ceda las canicas, los sellos a la niña lista de la casa de en frente, que además de lista me besó un día y prometió besarme más veces si le seguía dando más sellos, los plumines pues tal vez uno a cada uno de mis colegas de la escuela, los clips lo tengo fácil, seguro que los más díscolos me lo agradecerán, saben hacerlos volar como nadie con unas gomas que estiran desde su pulgar e índice en ristre, el tintero no sé si darlo porque siempre he tenido unas ganas irreprimibles de volcar a propósito, hasta ahora  se nos caían, nos castigaban tened más cuidado, a ver qué hacéis, limpiaros, guarros, mil y un improperios, y mala conciencia y chivateo al hermano mayor que era como decir a los padres, y no obstante el fallo y el castigo cada vez que a alguno de nosotros se nos caía la tinta al rellenarlo o el tintero completo, añicos y manchón generalizado sobre el terrazo de la clase, cada vez que un suceso de ese tipo alteraba la monotonía de las interminables horas yo sentía un placer oculto, prohibido, y me reservaba cometer una fechoría adrede alguna vez, y en esta mira que tengo la ocasión, porque nadie puede decirme nada, el tintero es mío, el curso ha terminado, me cambian de liceo porque no me quieren en el que he aguantado hasta ahora, no me quieren porque dicen que además de no aprender soy un provocador, y para demostrarme que lo soy de verdad quiero quemar las naves, así que el tintero puede que vaya directo a la cabeza del director amargado de ese colegio de niños perfectos que no me quiere más, solo pensar en la acometida, en cómo aterriza el tintero sobre monsieur Glouton, y la tinta invade su rostro hosco y le resbala por el cuello de la camisa y por la corbata y convierte su traje gris marengo en azul oceánico, solo por ese espectáculo noble porque tomarme la justicia por mi mano tiene mucho de nobleza, y que nadie interprete que de venganza, habrá merecido la pena la ejecución de un goce preservado en mi interior discretamente, de un gesto de valor que puede sentar precedente pero para mí será un signo de que ya no soy un niño sino que sé asumir responsabilidades, necesito repartir todo, necesito crecer, ¿no quieren que me haga mayor, que madure, que me aplique?, me quedan esos tipos de letras de mi tío Armand, el que trabajó en una imprenta hasta quedarse ciego y pasarlas canutas cuando los boches invadieron el pueblo y le buscaban un día sí y otro también para culparle de todas las hojas volantes que corrían por ahí, de vez en cuando el tío Armand me regalaba tipos, me gustaba leer las letras al revés, así aprendí el alfabeto y eso marca, marca para ir a la contra, y no sé qué hacer con ellos, no los daré, será lo único que salve, porque en la vida, como dice Callot, el ferroviario, hay que guardar algo que te indique el camino."  

Fragmento de La cajita de secretos, de Marcel Le Chant, seudónimo de un extraño escritor que dicen que vive en la Melanesia.



(Imagen de Michael Kirkham) 



21 jun. 2013

EpiKuro




















K. pregunta:
¿De dónde manas? ¿De qué curso subterráneo procedes?

(El silencio ocupa el espacio entre lo de arriba y lo de abajo)

K. insiste:
¿Vas a fluir sin que yo pueda hacer nada por detenerte?

(K. se hace a un lado por el arrebato impetuoso de la corriente. Ésta sigue su carrera)




(Imagen cedida por Marváz)

13 jun. 2013

La feuille rouge de Viktor Dadidovich



"Siempre sentí fascinación por las hojas rojas", comenta el fotógrafo ruso Viktor Dadidovich, asentado en Mulhouse, cuando se le inquiere por el origen de su obra. "Creo que como todos los que nos dedicamos a este tipo de trabajos, yo me inicié desde la infancia con la observación. Las hojas y las plantas son el mapamundi de todas las geometrías que habitan en este mundo", sigue diciendo. "Por supuesto que hay muchas más: dentro de las vísceras de los animales y de los hombres, en las rocas, en las bacterias, en todos los microorganismos o en el simple transcurso del cielo o bien el juego de luces y sombras". Cuando se le hace hincapié en la abstracción de las formas que los hombres practican desde la antigüedad no duda en tildarlo de idealidad mágica. "Ya sé que es un concepto redundante y puede sonar tópico, pero yo me entiendo. Esos mismos artistas que fundieron formas y colores en una obsesiva persecución de la representación formal lo hicieron muy bien. Lástima que resulten frías las imágenes en una primera percepción. Por eso quiero introducir la hoja roja, es una especie de matrimonio entre el cielo y la tierra, que diría William Blake."









30 may. 2013

El extraño invitado, de Max Solarius




(...) "Mi modesta opinión al respecto, herr Adrian", dijo el Doktor Faustus, "es que la Historia no existe. Al menos no existe en singular y probablemente tampoco en mayúscula. Que la historia es un vivir cotidiano no le cabe duda ni al más humilde de los siervos de nuestros imperios. Que la historia es innombrable tampoco resulta nuevo para cualquier observador sincero de lo que nos rodea en estos tiempos." 

Herr Adrian apuró su copa de exquisito y dulce Beerenauslese de la variedad Riesling y le inquirió: "¿Usted no cree entonces en la existencia de la historia como disciplina ni como método de análisis?" Nuestro preclaro visitante saboreó el vino paralelamente a sus palabras. "Por supuesto que me resulta difícil de aceptar algo que suponga más que una mera relación de acontecimientos, por muy complejos y farragosos que estos sean, pero no deberíamos desdeñar el valor ilustrativo de lo que suele narrarse como si hubiera acontecido."

Como quiera que a Herr Adrian no le resultaran convincentes estas aseveraciones pidió a Doktor Faustus que se explicara con más claridad."Mi querido Herr Adrian, la historia es un invento perpetuo en el transcurso de las relaciones humanas. Nada de lo que se cuenta desde los tiempos más remotos ha tenido lugar. Cuando no existían documentos las fuerzas oscuras de la humanidad o, si lo prefiere, de sus sociedades hacían circular versiones del pasado con arreglo a sus necesidades de justificar y preservar la perdurabilidad de esos poderes secretos. Desde que los testimonios escritos abundan y redundan en exceso solo sirven para fabricar textos que se vendan con facilidad para entretenimiento de las gentes carentes de imaginación. De la oralidad dominadora hemos pasado a la escritura manipulada. A veces conviene dudar hasta de los nombres. Convénzase: nada ha sucedido que merezca la pena constatarse como historia. Ésta nace para activar la industria de las artes gráficas y consolar a nuestras modestas clases medias que todo lo quieren saber sin que nada puedan procurar y menos prosperar."


(De El extraño invitado, supuestamente escrito por Max Solarius, y editado en 1848 en Prag)





25 may. 2013

La caligrafía de los dedos




Estoy ante esta mujer y tengo la sensación de presenciar la preparación de los ejercicios de una malabarista. ¿Preparación? No. Ella ya ha agitado las bolas. Ha pasado a otro oficio. Ya caigo, ha terminado la sesión de sombras chinescas y sus dedos largos, afilados y retorcidos descansan. Descansan en apariencia. Más bien están en plena ebullición de una lengua de signos inmóvil. ¿Quién está a este lado interpretándola? Hago abstracción de un rostro duro, severo, cuya mirada aguda y profunda puede hacer quebrar al observador. Sus manos no son manos. ¡Ya está! Pura caligrafía japonesa. Hay un deje taoísta en la articulación de esas letras que dicen. Habla poco y expresa todo, he traducido no sin cierta dificultad. El poder de la expresión está ahí. Medio, mensaje, caligrafía. Maestra de lenguajes plásticos, Georgia O'Keeffe, sin pestañear ni un instante, acaba de tomar las medidas de mi torturado rostro para convertirlo en la espiral de un caracol o en los estambres y pistilo de una flor. 


20 may. 2013

El combate de los ciegos, de Alessandro Pitti




"Fuese o no el primer combate a muerte el de los dos hermanos del Génesis, la lucha en sí no hacía peor al malo como tampoco salvaba al bueno. Dice la leyenda del Libro que la causa fue la envidia. Que uno de los dos hermanos no podía soportar la consideración que tenía el padre con el otro hermano. Pero hay otras leyendas que sin tanto éxito derivan en argumentos razonables. Una cuenta que se empezaron a odiar por la posesión de la tierra. Otra que debían dirimir la gobernación de un territorio que empezaba a ser más rico y superior a otros. Otra narración hace hincapié en que optaban al acceso de  una mujer. Fuera la razón que fuera, las leyendas parecen insistir en la lucha por la propiedad, donde ni el cielo ni la tierra ni la expansión ni el otro género estaban libres de la avaricia y la posesión del patriarcado que se avecinaba".

De esta forma sitúa en su prólogo el divulgador e investigador de mitos Alessandro Pitti su obra El combate de los ciegos. Bajo una forma de narración a la antigua usanza, se van aportando diversas tradiciones orales sobre el origen de la violencia en el mundo. Lo que el Génesis presenta como un texto cerrado donde el mal es anterior al primer enfrentamiento entre hermanos, lo cual justificaría todas las desgracias que acarrean a los hombres por su desobediencia al Superior, en otras historias que han permanecido menos conocidas se insiste en el afán innato de la propia naturaleza de la especie que se va auto erigiendo en dominante. En la presunción por su dominio, en los oscuros orígenes del acceso al reparto de los bienes más primarios o simplemente en la reacción ante el azar que la brutalidad de los elementos de la naturaleza desencadenaron, se encuentran varios de los enfoques que corrían por zonas del próximo Oriente o del Creciente Fértil desde los tiempos del Neolítico, pero principalmente arraigados con la consolidación de las primeras sociedades urbanas.

Tema complejo y discutible, Alessandro Pitti sabe de sobra que los elementos de las primeras violencias humanas no pueden aclararse tanto con análisis históricos o antropológicos como en el desarrollo de nuevas disciplinas que estudien las conductas de la naturaleza humana. No obstante, se recrea en la recolección de diferentes versiones y en una parte del libro se centra en lo que supuso la mujer como objeto de disputa. "¿Cómo es posible  -se pregunta el autor-  que siendo considerada como agente fundamental de la fecundidad humana, pasara la mujer a ser tenida por objeto de intercambio, de pugna o simplemente de desplazamiento de otras funciones?" Y él mismo se responde: "Tal vez los hombres necesitaban el enfrentamiento como forma de cortejo. Selección de las especies a través de la eliminación del adversario. La mujer vería con buenos ojos al más fuerte, al que le proporcionara seguridad y garantizase la manutención del clan familiar. Pero esto podría producirse ya antes de las ciudades, en largas épocas del nomadismo y de los cazadores recolectores. Pensemos que en aquellos orígenes la mentalidad humana residía en la supervivencia y el mecanismo biológico dictaba las normas. Los lectores se preguntarán: ¿Y el amor? El amor es un invento tardío, que incluso no está clarificado y la organización social moderna considera secundario".

Particularmente pienso que el profesor Pitti se hace un lío cuando emite opiniones poco fundamentadas, pero por la belleza imaginativa de su desarrollo novelesco se pueden perdonar las confusiones, las faltas de rigor científico y las dudas no resueltas. El libro aparecerá en julio en la editorial El hijo de Caín, y en el mismo se mostrarán fotografías de cuadros que representan la violencia primitiva entre los hombres. Como el cuadro que reproducimos aquí del simbolista alemán Franz von Sturck titulado La lucha.




17 may. 2013

EpiKuro
























K. dice:
"¿Qué es olvido? Carecer de experiencia.
¿Qué es memoria? Construir los acontecimientos".




(Imagen cedida por Marváz)


12 may. 2013

La ciudad de la saudade, de Joaquim de Oliveira Queiroz




"(...) El ferrocarril que les había trasladado a través de las alturas de vides, esas espléndidas terrazas que siguen el curso del Douro, se había detenido en diversos pueblos del país profundo y apacible. Él pensó: de venir solo hubiera hecho noche en cada lugar, demorando el viaje porque no tengo meta. Ella no expresó nada, pero con su inquietud manifestaba sus ganas de llegar cuanto antes a una población importante. Aunque no supiera luego para qué tal urgencia. Al final recalaron en la ciudad de la nostalgia ya cuando ni ellos ni la ciudad eran lo que habían sido en el pasado. 

- ¿No crees que los hombres tienen mucho de ciudades?, comentó Albert a su acompañante mientras paseaban en dirección al gran río.

- Supongo que sí, respondió Neus.

- ¿Pero en qué sentido lo crees?, insistió Albert. 

Ella apenas escuchaba. Contemplaba la caída del plano inclinado de aquellas calles empedradas, las aristas de los edificios de envergadura y no obstante abandonados, el tránsito reducido de viandantes que solo pretendían sobrevivir. Pararon ante un puesto de prensa. Albert compró el diario y preguntó al quiosquero por la dirección de cierto museo moderno. El quiosquero le dio razón con suma amabilidad:

-Si quieren andar, es cosa de salir pronto. No tienen necesidad de pasar por las playas pero va en aquel sentido. Si prefieren llegar cuanto antes, tomen la línea 5. Yo siempre que voy lo hago andando. Me gusta respirar el tiempo, que es más sano que el aire.  

- ¿Suele ir con frecuencia a la Fundación?, preguntó intrigado Albert.

- No, no puedo hacerlo siempre que tengo ganas. La prensa, el público, hay que comer, ya sabe. Pero a veces me entra la saudade de pasear bajo aquellas alamedas y pararme en alguno de sus parterres a leer algo que no me hable de este mundo. O que me hable de este mundo sin actualidad. Porque, ¿sabe usted? Todo se viene repitiendo desde antiguamente. Y ni siquiera las caras me dicen mucho. Frescura en los jóvenes, extrañeza en loa adultos, resignación en los viejos. Este país no cambia nunca.  

A Albert le hubiera apetecido en aquel momento decirle al vendedor de diarios que viniera con ellos. Que él necesitaba también inhalar el tiempo y disfrutar de una compañía inteligente, que no estuviera agotada por el compromiso. Entonces Neus, sin haber interpretado los pensamientos de él, dijo:

- Vete tú solo, yo estoy cansada. Comeré algo por mi cuenta y luego pararé en el hotel. 

Él simuló sorpresa, pero agradeció el gesto. El calor del mediodía que se aproximaba se hacía notar. 

- Iré andando, tal como me ha dicho ese hombre. Prefiero disfrutar del paseo y tengo todo el día para ver lo que haya expuesto en el museo. Acaso una vez allí ni siquiera entre y me limite a recorrer la fronda de la que me ha hablado.

Aquella noche, Albert no apareció por el hotel. Neus tampoco lo lamentó. Son tan diferentes nuestros paisajes interiores... pensó ella, no sin cierta melancolía."   


La ciudad de la saudade, de Joaquim de Oliveira Queiroz, verá la luz la próxima semana en Ediciones Cunhas, de Porto.






6 may. 2013

Otro fragmento de Eleanora, Eleanora




"(...) Temía tanto la mirada de Eleanora. Parecía mirar y no mirar. Fuera cual fuese el objeto de su mirada, convertía su rostro en un arma inexpugnable. Nada que ver con la altivez severa o la melosidad aparente o el intento de entrar hasta tus compartimentos estancos con que otras mujeres se enfrentan a ti. Eleanora miraba como si no lo hiciera. La posición de sus ojos divergía, ninguno de los dos se asentaba en tu presencia. Esa natural condición de llegar dentro de uno sin manifestar sus intenciones me daba miedo. Justo en ese instante yo bajaba la guardia. Y la sensación de que su rostro se distanciaba y de que tal aproximación se tornaba opaca, producía en mí un enajenamiento atroz. Veía allí a la serpiente. Me inmovilizaba, desalojaba mis escasas ganas de reaccionar y sacudir su porte, me ponía a sus pies. Luego sí. Cuando había logrado mi silencio mantenía mi mirada y yo sentía que un hierro rusiente iba entrando hasta mis secretos mejor guardados, los de los sentimientos.

"Devuélveme el rostro que me estás robando", me dijo aquella tarde al comprobar que mi paralización impedía posibles resistencias banales. Pero yo sabía que ella había convertido el rescoldo de pequeño hogar que llevaba dentro en un fuego desatado. Estuve callado mucho tiempo y ella mantuvo un equilibrado gesto. "Tu rostro me está quemando", le respondí al fin, aventurando una expresión audaz. Y ella me la devolvió en cuarto creciente: "¿Qué te hace pensar que dentro de mí te espera una zarza ardiente?"



 


(Las imágenes corresponden a películas de Maya Deren)


3 may. 2013

Fragmento de Eleanora, Eleanora (Memorias de Vania Werbvoski)




(...) De todas las imágenes que conservo de Eleanora, y son muchas y sumamente intensas, hay una que me proporciona todavía un significado especial e hipnótico. Ella solía esperar todas las tardes mi llegada para el ensayo en el umbral de la casa donde vivía a orilla del riachuelo que da al afluente que desemboca en uno superior que acaba a su vez en el Hudson. Aquel día hacía ventolera, el cielo se hallaba encapotado y la hierba olía a la irresistible seducción de la lluvia de finales de verano. 

Me bajé del viejo buick del 47 y recorrí el camino corto que hay hasta la entrada. Eleanora no se hallaba abajo; miré sorprendido y a la vez preocupado. Ella era tan alegre, pero yo sabía que, no obstante, podía alterar el humor en cosa de unos instantes. A veces simulaba entrar en un nuevo cuadro de un acto añadido de alguna de las obras que le gustaba interpretar en su fantasía. De pronto alcé la vista y la vi tras el cristal de una ventana, incorporada al paisaje. Tan pronto su imagen se retraía como se proyectaba hacia el exterior. Sus cabellos se confundían con el ramaje de los viejos abetos que plantó la municipalidad allá a finales de siglo. De pronto permaneció detenida. Ella advirtió mi presencia y su mirada me paralizó, no obstante la distancia.Aquella pose, la representación de una mujer naciendo del viento y de la tierra, ungida por la lluvia que lentamente empezaba a fluir, la fragilidad de sus manos, apenas tanteando el vidrio, la conferían un aspecto de diosa evanescente. Permanecí hincado al suelo, mientras el aguacero se dejaba notar. No hizo nada por advertirme. Ambos nos observamos, yo deslumbrado, ella ausente. Yo, empapado, Eleanora atándome y condenándome a una nueva modalidad de suicidio amoroso.

Tiempo después me confesaría que aquella tarde me había puesto a prueba. "No, Vania, no te seducía, solo ensayaba", me dijo en un tono natural que yo interpreté molesto, pero que enseguida me produjo una risa sana. Le contesté: "No lo hubiera creído, Eleanora, estabas tan salvaje, tan transformada en diosa, que no pensé por un momento que fuera un papel." Pero Eleanora no callaba fácilmente. "¿Por qué tenéis que creer enseguida los hombres que cuando una mujer os mira es que se os está entregando? ¿No pensáis nunca que tal vez estamos entrando en vuestra desordenada casa, atravesamos vuestras estancias, descolocamos vuestros muebles y salimos dejando abiertas las puertas de par en par?"




(En la imagen, Maya Deren)


30 abr. 2013

Las miradas hipnóticas de Franz von Stuck




Karl Lüdwerg Hohenzöllern, biógrafo del pintor simbolista Franz von Stuck, insiste en que el pintor estaba dominado cíclicamente por una corriente hipnótica. "No es que todas sus obras tengan una correspondencia con los procesos terapéuticos que se iban conociendo y de los cuales en ocasiones participaba  -afirma Lüdwerg en su obra Mythologischen Blick Franz von Stuck-   sino que las fuentes del mundo clásico suponían para el pintor bávaro una fijación que le conducía a identificaciones imposibles de desarrollar en el mundo real".

¿Fue esa misma fascinación la que llevó a los exaltados del nuevo orden instalado en 1933 a considerar la obra del pintor simbolista como digna de reconocimiento? Habla de nuevo el biógrafo: "En absoluto Von Stuck era uno de los suyos. Incluso murió antes de que accedieran al poder los NSDAP. Los partidarios del nuevo orden no tenían una estética original. Su recurso al clasicismo más frío no era tanto una apreciación del arte antiguo como una necesidad de secuestrar símbolos que consideraban particulares emblemas de su valor con un enfoque claramente propagandístico y doctrinal".

En cierta ocasión pública una joven interrogó a Von Stuck acerca de su obsesión por las miradas hipnóticas. "¿Quiere una respuesta extensa o una muy precisa?", dijo el pintor. Y la joven: "Oh, no es necesario que se alargue mucho en su razonamiento. Con algo suficientemente convincente me conformo". A lo que el residente de Munich contestó con extraordinaria agudeza: "Entonces, deje la copa y míreme profunda y fijamente a los ojos".





27 abr. 2013

Las maravillas que no cesan de manifestarse




De sarcasmo post mortem, lo han calificado los filólogos y críticos de literatura. Y en efecto, se trata de una sorpresa, una pulla, una ironía indescifrable que ha permanecido oculta ciento cuarenta y ocho años al menos. Registrado en un sánscrito primitivo, ha sido hallado por el investigador Alexis Aiwan, modesto archivero en Norfolk, un manuscrito que se supone inspirado por Lewis Carroll. Se trataría de una historia epilogal del famoso libro del escritor nacido en Cheshire que está confundiendo a cuantos han sido recabados para exponer su criterio.

Tachado de fijación zoofílica, de broma de mal gusto, de atentado contra las mejores tradiciones de las letras británicas, por unos, de inaudita imaginación y fresco saber provocador, por otros,  nadie acierta, sin embargo, a entender cómo puede estar escrito en caracteres de otro alfabeto y además apenas reconocibles hoy día, un episodio breve pero demoledor en que el encantador personaje de Alicia se vería conmovido en la interpretación tradicional. ¿Conocía Carroll el sánscrito? ¿Encargó su transcripción a un nativo indio o cingalés? Y en este caso, ¿cómo fue posible que sobreviviera un escribiente de unos caracteres superados ya por su propio alfabeto moderno? ¿Algún miembro de ancestrales sectas que cultivan todavía la preservación de las lenguas frente a influencias modernas que consideran sacrílegas? 

Varios campos de escepticismo y de interrogación se abren. No ya tanto se trataría de que Alicia y sus aventuras dispongan de un turbio capítulo que se supone final (¿habrá más novedades aún recónditas?) sino que establecería una especie de puente, subterráneo como es de rigor en este caso, eso sí, entre culturas, creencias esotéricas y manifestaciones paralelas que utilizarían lenguas bárbaras para expresar emociones, afectos y conductas desinhibidas, y que el puritano lector medio de la época en que fue publicado el libro de Carroll no estaba dispuesto a admitir.

Por supuesto, el número de los detractores no es menor que el de los admirados. Si aquellos plantean tapar rápidamente lo que ellos consideran un fiasco, los siempre exigentes partidarios de la innovación desean que la situación se aclare también a la mayor brevedad, pero siempre con la evidencia de qué margen de verdad o de falsedad puede haber en el texto. "Si esta aportación es realmente de Carroll  -ha dicho Charles Drinks, presidente del Club de Seguidores Puntuales de Alicia-  y si se desentraña el por qué ese sánscrito primitivo fue elegido para plasmar una última aventura, sin duda no tendremos inconveniente en reconocerla, guste o no a esa clase de lectores que consideran que los textos ultimados son sagrados".


21 abr. 2013

El cisne negro, de Aube Mondrian







"El Doctor Auguste de la Rivière Blanchot solía desplazarse diariamente, después de finalizado su trabajo vespertino en el Hôpital des Âmes Perdues, a cierto piso de la Rue des Petites-Ecuries. Allí se encontraba con su amiga Milena, nombre fingido de una mujer procedente de Alsacia que atendía las necesidades de los desamparados en el entorno de Faubourg Saint-Denis. Tales citas las ejecutaba el mencionado doctor con absoluta discreción, para lo cual nunca pedía un taxi que fuera directo desde su consulta hasta el piso de Milena, sino que próximo a Opéra cambiaba a otro vehículo con la plena normalidad que otorga la costumbre de quien se sabe obrar en aras de la propia gratificación personal.

De esta manera se comportó Auguste de la Rivière Blanchot durante un período extenso de su vida, hasta que un día al presentarse en el lugar de encuentro convenido se encontró con Aria, una mujer varios años más joven que su amante, quien le dijo que Milena había vuelto a su tierra y que ella estaba allí para sustituirla. No solo para compensar el abandono imprevisto de la alsaciana, añadió con suma bondad, sino para procurar aumentar, en la medida de lo posible, el bienestar de aquel importante doctor de uno de los más prestigiosos centros asistenciales de París.

El doctor, que aquella tarde estaba especialmente cansado por la atención a los pacientes y las peleas ordinarias con sus superiores del centro, simuló estupor. Se sentó, pidió una copa de Charlemagne y respiró profundamente.

- Eres muy joven, Ara, interpeló a la mujer imprevista. No sé qué haces aquí.¿De dónde vienes?

- Me llamo Aria, Aria, y nací en La Réunion. Le diré, si me lo permite, que no debe preocuparse por ello, señor. Milena me ha puesto al día en lo que concierne a sus gustos y apetencias.

- Claro, Aria, y yo estimo mucho que te esfuerces en ese interés por mí. Pero debes entender que tu presencia es también una novedad en mi rutina. Es la irrupción de lo inesperado. La desconexión con aquello a lo que estaba habituado. Yo a Milena la quería, no es una manera de hablar. Tanto tiempo recibiéndola y ella compensándome que había suscitado en mí una forma de querencia inaudita.

- Yo sabré ser receptiva, señor. Le escucharé, seré discreta, permaneceré pendiente de sus palabras y aprenderé sus sugerencias. No quiero que se sienta usted huérfano de nadie. Pero ahora, dígame que no me expulsará, quiero escuchar de su voz que seré útil para usted y que podremos llegar hasta el punto en que usted amó a Milena.

- Ay, amiga mía. Si el amor fuera un simple acuerdo, una condescendencia e incluso un compromiso que por sí mismo garantizara llegar a buen fin..."


Este comienzo, aparentemente desesperanzado y tibio, de la novela El cisne negro, de Aube Mondrian, no augura un relato erótico al uso. Ni siquiera traza las líneas de una historia de amor con sinceridad y entrega. Más allá de los personajes cínicos que entran en escena, el autor pergeña una especie de tratado de saber vivir. En un determinado momento de la narración, Aria le dice al doctor:

"- ¿Cree que envidio a su esposa, por disponer formalmente de usted y por la seguridad material en la que se hallan instalados, señor mío? En absoluto.Me siento desposada por usted cada atardecer, y saber que al día siguiente volveré a hallarme entre sus brazos me hace fuerte. Tú me correspondes, le dijo saltándose la cortesía habitual, por todos los seres que se han aproximado a mí sin darme jamás ternura".

La novela, que ha visto la luz en la editorial Les dernières pages de la vie, aparecerá en breve en nuestro país.




(La preciosa fotografía es obra de Laure Albin-Guillot)



16 abr. 2013

El ángel cansado




El ángel exterminador se sentó extenuado a la puerta de la casa donde vivía el anciano Joaquín. Allí se encaró de mala gana con el patriarca de la tribu.

- ¿Por qué permaneces en la calle cuando la consigna es que todos los nuestros se recluyan en sus moradas?, preguntó el ángel de espada flamígera.

- El calor es excesivo dentro. Si permanezco allí, con la edad y la fatiga que tengo, pereceré, respondió con sinceridad el anciano.

- Pero los mandatos del de arriba no pueden ser desoídos, confirmó el ángel. Tengo orden de atravesar con mi espada a cuantos no se hayan puesto a salvo. 

- Me dejas en la disyuntiva, respondió el viejo, de tener que elegir mi propia muerte. Si me quedo entre las cuatro paredes, con la calima que hace, me asfixiaré. Y si no entro, harás cumplir la ley del Señor.

- Además, ¿quién me dice a mí que no eres uno de ellos y que tratas de distraerme de mi tarea?, volvió a la carga el vengador.

- Ah, eso es cosa tuya. No pretenderás que encima de amenazarme por partida doble te saque de dudas. Averígualo tú, si te crees tan listo.

- Lo haré ahora mismo. A ver, cántame la genealogía de tus antepasados.

Y el anciano, cuya memoria flaqueaba para lo inmediato, recitó de corrido cada estirpe, cada tribu, cada nación. Cometió algunos errores, pero el enviado de espada de fuego, que no conocía la historia tan bien como el venerable hombre, no cayó en la cuenta.

- Bien, dijo el vengador del acero ardiente, ahora dime para qué estoy aquí.

- Si tú mismo lo sabes de sobra, ¿por qué haces esa pregunta tan estúpida?, le respondió Joaquín, un tanto harto ya de que aquel joven altivo con alas y espada que echaba humo, y que se mostraba cada vez más cansado, la hubiera cogido con él en lugar de perseguir a los enemigos del Todopoderoso.

- Porque tengo que ponerte a prueba, respondió bostezando el ángel.

- ¿Eso te ha mandado el de arriba? ¿Que me pongas a prueba? ¿No te habrás equivocado de tiempo, de destino y de hombre? Mira que hay por ahí un tal Job...

Pero el enviado armado roncaba como solo los ángeles que han cumplido una encomienda seráfica para la que han sido elegidos cuidadosamente suelen roncar.

Entonces aquel Joaquín, de largas y descuidadas barbas, el más provecto de la tribu, se echó bajo un sicómoro y empezó a contar las estrellas. Mientras lo hacía estuvo por agradecer al Señor que hubiera detenido la matanza. Pero no lo hizo por si el Señor, a la vista del fracaso del cometido ordenado al ángel, echaba mano de él para seguir la tarea sucia. Sabido es, se dijo a sí mismo Joaquín, la sed de sangre y venganza que tiene el de arriba. Simuló que dormitaba, pero seguía observando discretamente el curso maravilloso de las constelaciones.

  


13 abr. 2013

Transustanciación




¿En qué momento un lector deja de ser individuo para ser lo que lee? Justo en ese momento en que uno no siente nada, ni un cosquilleo, ni el escozor de un callo, ni el latigazo de un tendón con visos de querer ir a más. Eso me hace pensar la pintura de Olga Sacharoff. Donde la escena prácticamente se divide en dos colores que se buscan con ávida desesperación para diluirse gradualmente en un fundido en gris. En la reducción de las geometrías: el libro se impone a una parte del cuerpo de la mujer en combate con el otro lado que acabará cediendo. O el secreto es ese contrapunto, esa tensión de cedo una parte y me sostengo sobre la otra, porque toda lectura es una pulsión entre lo que pensabas antes y lo que comienzas a pensar nuevamente a partir de la escritura que te llega. ¿Gesto severo? No hay contemplaciones ni disimulos ni apariencias. Si has entrado en el relato tienes que dejarte llevar por sus humores. La sangría de la estética rasga las letras como altera los colores como reconvierte las formas de los cuerpos que se engullen plácida o agitadamente unos a otros. Cuerpo libro, cuerpo lector. Más allá de la sustancia.



11 abr. 2013

I was there




"(...) Yo estuve allí. Ladies and gentlemen, we present the latest newsletter from Intercontinental Radio News, no tuvo inconveniente en anunciar Orson. Orson me había dicho momentos antes que teníamos que poner la voz grave, que debíamos acompasar los ritmos de nuestras entonaciones a medida que el guión lo exigiese. Yo me había tomado dos Four Roses hacía un rato, lo cual ponía mi garganta a punto para momentos más dramáticos. "Has hecho bien", me dijo Orson, "y deberías haber tomados otros dos vasos más. Incluso haber traído la botella entera. Nos va a hacer falta a todos". Eso lo solucionó Charlie bajando al bar de Nick a la carrera mientras se emitían los últimos anuncios. 

Había agitación por la calle ante el Halloween de ese año, tal vez porque la economía del país se iba recuperando y las alegrías del gasto empezaban a correr como moneda de cambio nuevamente. Charlie, me acuerdo perfectamente, subió con dos bolsas enormes de palomitas y otras porquerías. Orson se irritó. "Con esta preciosidad de whisky tenemos bastante para dar energía al programa. Tira lo demás. Nuestras voces deben estar ligeramente cargadas, pero claras, nada engomadas", oí que le gritaba a un Charlie apocado que fue a colocarse los auriculares. "¿Crees que dará resultado?", le pregunté al jefe. No dudó, no  sé si por darnos confianza o porque su mente febril se alimentaba de audacia. "Por supuesto, Bob, ¿tienes alguna duda? Tenemos ya larga experiencia en dramatizaciones y no nos faltan recursos, y el relato no tiene desperdicio. Vosotros, chicos, vividlo. Como si fuera un juego y a medida que avanza la trama, quiero sentir que lo sufrís. Hay que contagiar las ondas. Ok?".  Todos asentimos al unísono y un hálito de alcohol prendió en el estudio. 

Warren, tras el cristal, iba descontado con el gesto de sus dedos los segundos de la marcha atrás para el comienzo. Aún acertó Orson a emitir una última ironía. "Tras esta década de penuria que los americanos han pasado están predispuestos hasta para el juicio final". Enseguida llegó la retransmisión fingida desde el Hotel Meridian Plaza y los sones de La cumparsita que interpretaba la orquesta dirigida por Ramón Raquello. Luego, el primer aviso: Ladies and gentlemen, we present the latest newsletter from Intercontinental Radio News."


De las Memorias inéditas de Bob S. Bayle, del Mercury Theatre.


8 abr. 2013

El escrutador




Elba no podía evitarlo. No era aquello que muchas veces pensaba: nadie deja de quitarme el ojo, que unas veces le halagaba y otras le resultaba agobiante. Aquella mirada no era humana, tampoco celestial. Ni siquiera parecía una mirada. Una mirada tiene calor o frialdad, pero siempre intención, o bien una tensa caída. Se trataba de un ojo descabalgado de una cartilla escolar, de una pizarra de colegio, de un cartel antiguo de oculista. Su encuadramiento en el triángulo parecía disponer de una calidad simbólica escrutadora, inexpresiva, casi condenatoria. Pero ella no temía el símbolo. Ella temía la mirada que no podía captar. Que no disponía de significado. A la que no podía hacer frente. "Mirada muda, ¿qué pretendes de mí?", inquiría orante a aquel óvalo insaciable. 

Pero el ojo no respondía. Un día le pareció que el ojo destellaba. No fue al dejarse caer desnuda y desgarbada sobre la cama, ni por el mero hecho de exponer la hermosa claridad de su cuerpo a la reposada luz de plenilunio que entraba en la habitación. Fue una noche muy avanzada, al volver con urgencia de verse con su amante en un encuentro fracasado y cruel. Él la dijo que no quería verla más. Ella creyó perder su poder para siempre y se desplomó. Él la dijo: me has dado mucho pero ya no me llegas. Ella le escupió. Él le dijo: seamos civilizados, conservemos el grato recuerdo. Ella le golpeó. Y él: vete, no merece la pena que me mates. Y ella: claro, ya estás bastante muerto sin mí.

Llegó a casa, tiró con un impulso bravío de sus pies los zapatos de tacón, se desgarró de rabia la cremallera del vestido y estiró su cabellera nacarada y flexible, resultado de su tratamiento con los mejores productos del mercado para el cabello. No pudo dormir y lloró. Lloró tanto que le pareció que el ojo se compadecía e insinuaba una ráfaga de vida." Si al menos tú...", musitó la mujer.



(Fotografía de Eric Marváz)

5 abr. 2013

El ex comandante, de Hernando Grogher Vitín





"Heinecio Vitt, antiguo comandante director de la Banda de Intendencia del Ejército de la República Áurea de Trabajadores, exiliado político en diversos países del continente, buscado por la policía del nuevo Estado en relación con la desaparición de la partitura original del himno nacional, la célebre composición épica titulada Somos los que fuimos, conocido beodo de los barrios bajos de todas las urbes por donde ha transitado en su desordenada diáspora personal, malogrado chulo  -o debería decir proxeneta que es más moderno y complace a diversas culturas-  de una hermosa mujer que accedió a emigrar con él por la nadería de sentirse enamorada y a la que trata de poner en circulación en el mercado del sexo, sin gran éxito, ya que ella le dice que sí, que de acuerdo, que la deje todas las mañanas en aquella esquina de Roma con Ventura por donde transitan ejecutivos dispuestos a pagar una prestación rápida, pero a los que ella rechaza para ir a sentarse en el bar de Barthes, donde a cambio de un café y un cruasán le permiten estar varias horas, mientras ella, teórica prostituta de miradas indiscretas, comienza a leer un libro, que habitualmente termina, porque Iva Galanovich, que así se llama la amante del comandante director exiliado de la banda citada, es una lectora impenitente, con un pasado de correctora de textos que sacrificó cuando el cambio de régimen en su país natal no por motivaciones políticas sino porque creyó sentirse seducida por el citado Heinicio Vitt, ya nombrado anteriormente como comandante director etcétera, porque creyó estar atrapada en el fervor de un hombre que juró que haría todo lo posible en este mundo por ella, y ella, en su ingenuidad, en su caída en el mundo de ficción que como lectora insaciable no llegó a distinguir, pues cuando alguien se prende de algo y es un lector inagotable corre el riesgo de peligrar en salud mental y por lo tanto no saber distinguir con claridad qué hay de real en el enamoramiento por otra persona o qué de situaciones novelescas, y ella que anteriormente se había enamorado de muchos personajes de diversos territorios del mundo y de variadas condición social que salían en los libros, ella, la fuerte, hábil, resistente Iva Galanovich, sabe hacerse valer y no cede a las proposiciones del amante que trata que trabaje para él en el ejercicio más antiguo que dicen que hay en la humanidad, por lo cual el nombrado ex oficial de la citada ex banda de la mencionada ex república, el reconocido por unos y olvidado por otros Heinecio Vitt se ve impelido por la naturaleza superviviente que lleva dentro de sí a ejercer como músico callejero por las avenidas señoriales de la ciudad, hasta que un día gris, tras una noche negra y con el bolsillo en blanco, en la que no ha aparecido a dormir por la pensión donde convive con Iva, la hermosa ex correctora de textos, es hallado sin vida, sonriente como si hubiera estado canturreando Somos los que fuimos, junto a un establecimiento coiffeur pour dames de General Pozas esquina a Sanchidrián..."


El texto anterior es un adelanto en exclusiva del comienzo de la novela El excomandante, de Hernando Grogher Vitín, que va a ser presentada en próximas fechas en la Llibreria El racó de la selva. Oportunamente comunicaremos fecha y hora exacta del evento.



3 abr. 2013

La pose





Existe un instante en toda lectura que apenas se advierte. Un instante de vacío. Tal vez se medita y se le concede un breve tiempo de dispersión. Acaso se produce un dulce transcurso en que solo se piensa en las  musarañas. Es cuando el lector hace una parada y no suelta el libro. Existen múltiples variantes. Son como poses, pero también caricias. El libro se palpa solamente. El libro no se cierra y se introduce un dedo para que no se escape la página. El libro se coloca sobre el regazo. El libro se coge con ambas manos y se aproxima al mentón. El libro se cierra, marcapáginas de por medio, y se acaricia su portada o su lomo. El libro se deja sobre los muslos con la palma de la mano depositada sobre la doble página abierta. El libro se levanta y se frota contra una de nuestras sienes. El libro se eleva por encima de nuestra cabeza como emblema, enarbolado por una mano que no es ni mano alzada ni puño obtuso, sino otro estado. El libro se deja contorsionar por los diez dedos. 

Salvo en esos momentos de traición suscitados por la somnolencia nocturna, en que el libro puede deslizarse y caer, tendemos a amarrar el libro. Es el libro materia, no solo el libro texto. Un volumen, un tamaño, una textura, una calidez, un aroma. Un símbolo histórico. Un soporte cuestionado. La percepción que el libro aún ofrece y que el ebook no creo que todavía aporte. Tal vez por eso me guste esta fotografía de Marta Vicente. El libro se acuna. El libro se tensa como adarga. El libro va a proyectar los rayos del sol como un espejo. Las manos miman un cuerpo. Una otra clase de cuerpo. Tal vez el cuerpo que más tocamos. 



1 abr. 2013

Amo mucho a mi mamá




¿Cómo decía una de sus citas de aprendizaje? Ah sí, mi mamá me ama, amo mucho a mi mamá. El lenguaje, y más si mediaba una época de tan intenso y forzoso fervor religioso como aquélla, se expresaba tan moral, tan cándido. Si en los educadores de aquel tiempo hubiera dominado la clara y limpia mente biológica nos tendrían que haber enseñado: mi mamá me dio de mamar, amo mucho a mi mamá. O bien su variante: mi mamá me dio de mamar, amo las mamas de mi mamá. Después de todo, ¿de dónde viene la palabra mamá? Pero eran, ya digo, tan pudorosos y vigilantes de la educación de tapadillo...

No sé si está extendido por todos los territorios del país, y en algunos muy distantes entre sí lo he escuchado, pero los niños dicen mama y papa. Sin tilde, sin acentuación verbal. En mi casa fueron muy castellano viejos y el acento gravitaba siempre de manera precisa. Pero, de no haberlo sido, ¿como sonaría decir: mi mama me ama, amo mucho a mi mama? De la misma manera. Curiosamente, el hombre se pasa el resto de sus días  -joven, adulto o provecto-  pensando más en la mama que en la mamá. Miento: mi padre, que murió casi al borde del siglo de edad, me confesaba los últimos años que se acordaba mucho de su madre (mi padre nunca se permitió mencionar a su progenitora con el término fino de mamá; aquello de mire, madre, mire, padre, marcaba la frontera de lo que denominaban el respeto) 

Qué cosas tenía el silabario. Ah, y muchas más. Y aprendimos, aunque fuera en base a la obviedad. Para otro día.


27 mar. 2013

La orant angelical, de Agustí Monells i Ríus



"Era un fervoroso de aquellas portadas artísticas, cuyas imágenes atrayentes cegaban su corazón de niño bondadoso. Antes de que pudiera acceder a su contenido, cuya lectura le esta aún vedada, bien porque su comprensión no le alcanzara bien porque sus mayores no se lo permitieran, hojeaba con parsimonia cada página. Qué poder llegaba a alcanzar sobre él cada dibujo, qué sentido abría sus sentidos, qué goce no percibía siguiendo apenas los contornos de cada lámina sólo lo sabía él en su intimidad semiclandestina.

Tras aquella imagen, mitad angelical mitad corpórea, el niño adivinaba dentro de él unos impulsos que no le habían sido revelados antes. La orante de la estampa ¿era un ser tomado por otros seres? ¿Una simple corporeidad alada? ¿Se trataba de una representación híbrida producto de la mezcla de otras especies? Aquellas preguntas no podía siquiera hacérselas a sí mismo en aquel tiempo. Solo una velada tendencia interior le conducía a una identificación con aquella orante que no sabía qué suplicaba. Se dejaba afectar por el aleteo de los cabellos del ángel, las alas fabulosas de mariposa, los pliegues ora marcados ora plisados del vestido que solo cubría la mitad del cuerpo. No menos vaporosidad advertía en la mirada entregada y expectante, no sabía bien si dirigida al cielo, a un guardián o a un destino."




La orant angelical es la opera prima de Agustí Monells i Ríus. Como un ajuste de cuentas con los cabos sueltos de su infancia, el autor se sumerge en la influencia de las imágenes (los santos, como se decía) que aparecían en los libros. Al preguntar al autor sobre las motivaciones que le han conducido a escribir esta obra, nos responde:

"Era algo que me obsesionaba desde la infancia y que de adulto necesitaba interpretar. No fue la lectura, todavía escasa, y ni siquiera las recomendaciones de algún familiar, lo que empezó a cautivarme al encontrarme de frente con un libro. Incluso en la medida que podía trataba de alcanzar los libros solo reservados a los mayores, pues en ellos se mostraban imágenes diferentes a las aleccionadoras de  los cuentos infantiles."

La silla de K: ¿Quiere decir que las ilustraciones al uso de los cuentos no le complacían lo suficiente?

Agustí:  No es que no me complacieran, es que respondían a un esquema que se repetía sin fin y que no me proporcionaban mayor atractivo.

La silla de K: Pero los adultos dejarían la biblioteca fuera del alcance de usted y de sus hermanos...

Agustí: Sí y no. La biblioteca de mi padre estaba muy ordenada. Aquel orden podía significar las dos cosas: un control limitado para otros o bien un alcance seguro para quien quisiera llegar hasta los libros. La complicidad, según la intención de mi padre, residía en el orden. Orden para simular que no se producía una alteración, orden para permitir un acceso pero que debía respetarse.

La silla de K: De lo que se deduce que su padre actuaba como cómplice suyo.

Agustí: Sin duda. Pero le diré más. En ocasiones, mi padre, que era muy riguroso en la selección y colocación de sus textos, dejaba durante días encima de la mesa algunos, como si demorase su colocación o fuera un descuido. Yo sabía que era la manera secreta que tenía él de hacerme llegar el mensaje sobre el interés especial de aquellos libros. 

La silla de K: ¿Y usted comprobó que era así?

Agustí: Por supuesto. De hecho se trataba de los libros ilustrados con más alegría, más imaginación y sobre todo con una expresividad tan manifiesta que te conducía a mirar una y otra vez cada imagen. Creo que mi padre pretendía que, por una parte, yo comprendiera el valor y significado de la imagen por sí misma, y, por otra, meterme el gusanillo de la lectura para el resto de mis días.

La silla de K: ¿Cree usted, por lo tanto, que en el fondo no hay una separación tajante y menos antagónica entre dos clases de imagen, la ilustrada y la escrita?

Agustí: Eso es evidente. Una conduce a la otra, de modo retroactivo, desigual, sin orden. Nunca se sabe qué influye más. Lo que es obvio es que ambas se compenetran y se alimentan en una especie de cinta sin fin. E incluso que muchas veces se necesitan, lo cual proyecta también los contenidos dando lugar a nuevas incorporaciones textuales o icónicas. Piense que el mundo de la representación por lo que hoy consideramos signos, escritura o pintura, algo tan antiguo y en el pasado tan abstracto, lleva en realidad existiendo pocos milenios.  

La orant angelical ha sido publicada por Edicions del tro impetuós, tomando para su portada la edición de una vieja novela de 1927, de otro autor, bastante olvidado, por cierto, pero cuyas ilustraciones rezuman belleza.    





24 mar. 2013

Ariadna en el peligro





Me has hecho callar, Ariadna, porque has dicho:

han sido unos pasos; tenía que pasar tenía que pasar, repites una y otra vez, y vas bajando la voz hasta que me hablas quedo, y acercas más tu aliento que las palabras: 

¿no los oyes?, observa con cuidado el crujido de los escalones, es su cuerpo que sube con pesadez, la baranda que vibra, se apoya en ella; ahora se ha detenido, no digas nada; si permanecemos en silencio no sabrá dónde estamos; él está cansado, se mueve lento y se ahoga, siempre respiró mal; espera encontrarnos aquí, pero si no nos movemos se marchará; controla qué dirección toma; la madera del suelo le delata, va para la otra parte, pero no te descuides

yo afino el oído, yo me sujeto a tu cuerpo, yo agudizo cada zona sensorial de mi cuerpo, quisiéramos infiltrarnos por la pared, ¿es eso lo que quieres?, ¿que nos estrechemos hasta desaparecer por una grieta?, tendremos que esperar aquí, no nos encontrará si somos cuidadosos, si no bajamos la guardia, y  me clavas las uñas en la carne y entonces susurras:

si nos encuentra no nos creerá, siempre ha sospechado de ti, siempre te ha tenido envidia, pero casi prefiero que nos encuentre, que sepa que lo que sucede es irreversible, puede ser un salvaje, lo sé, ay, qué hacemos, di algo, no, no digas, contengamos la respiración, se aproxima, me llega su olor, ese repugnante perfume que utiliza para desviar su aliento aguardentoso, sujétame fuerte, no, tu brazo debes tenerlo libre por si de pronto, ah, podría ocurrir, a veces va armado, espera, ¿oyes cómo bufa?, viene hacia aquí, no me cabe duda, se ha parado, no sabe bien qué hacer, creo que se acerca a la escalera, calla, calla, ha empezado a bajar, si pisa el peldaño roto sabremos que ya está abajo, sí, acabo de oír el chasquido, ¿lo oyes tú?, sí, la puerta, los goznes rechinan, ya está fuera, y el motor del coche, ya no puedo más, me mareo

yo no puedo tampoco más, tengo los hombros aguijoneados por las uñas de Ariadna, la camisa empapada de sudor, los músculos rígidos, una sensación de haber estado aprisionado, Ariadna deja caer su cabeza sobre mi pecho, se rehace, vibra, respira profundamente, se eleva y me escupe una mirada de deseo, no sé bien dónde está el salvaje ahora mismo, coge mi rostro con las dos manos y con tono enérgico me saca de dudas: 

me gusta encontrarme contigo peligrosamente




(Imagen de Eric Marváz)   


21 mar. 2013

Corín, de Natas Kiriakoulos




Corín es una niña solitaria, alta y desgarbada,  a la que no le gusta nada, pero nada, nada, hacer las patochadas que hacen otros niños. En realidad no es una solitaria por vocación, sino por ir a la contra. Le gusta llevar la contraria a los demás niños, a sus padres, a sus maestros. Y a los perros. No soporta jugar cuando los otros niños juegan, ni atender en la clase cuando los demás atienden, ni comer cuando todos comen en torno a la mesa. Sus padres han consultado el caso y los médicos, muy precavidos, les han dicho que la dejen a su aire. Que algún día se cansará.

Así que la larguirucha Corín vive a contrapelo. Tanto tanto que cuando va a una biblioteca no coge los libros para leerlos sino para hablar con lo que hay dentro de ellos. "Porque dentro habita todo lo que existe", suele decir. Habla con los ríos, con las calles, con los montes, con los animales. "Leer es muy anticuado, y no es que no me guste, pero es que prefiero escuchar cómo suena el agua del río , cómo pronuncian los animales, cómo sopla el viento en los valles". Los niños la han dejado por imposible y como los niños no suelen caracterizarse precisamente por su bondad la tildan de todo: de rara, de ignorante, de rebelde, de loca. Y ella, cuando le sueltan los otros niños alguno de estos adjetivos les responde que sí: que es eso y más, pero que ella oye y habla con los libros. "No sabéis lo que os perdéis", les replica haciéndoles un corte de mangas.

Pero esta manera de ser de Corín va a ocasionarle aventuras que para sí quisiera aquella Alicia la del Espejo. Tantas tantas y tan enrevesadas que el lector del cuento no ve fácil que pueda salir de ellas con buen pie. Corín, de Natas Kiriakoulos, es un relato dirigido a niños y a una corte de maduros, tal como la que integran los insaciables, los hastiados, los indecisos, los disconformes, los renegados y los apocalípticos. Si bien la lista de comulgantes podría ampliarse indefinidamente. El cuento lo edita con esmero Ediciones del cangrejo insólito.    



(Ilustración de Franco Matticchio)





19 mar. 2013

Black&White





Pasen y jueguen. El tablero de las damas es así. 
También el del ajedrez. ¿Qué les diferencia? 
Saltos en una dirección o en otra. Avances y retrocesos. 
Comidas y expulsiones. 
Esquemas más reducidos o proyecciones más amplias.
 ¿Es el juego de las damas menos simple de lo que parece? 
¿Es más enrevesado el ajedrez de lo que captamos?
 Juegos de posibilidades.
Entretenimientos o indagaciones. 
Fichas blancas y negras, casillas negras y blancas. 
¿Por qué siempre el blanco y el negro? 
Dicen que representan todos los colores y ninguno. 
Que los colores quedan asfixiados o se extravían. 
Que lo que impregna se encuentra en el interior de las jugadas. 
Que los colores se sacrifican a la inteligencia. 
Damas o ajedrez en blanco y negro.
¿Existe un juego de la vida en blanco y negro? 
Adoro a la muchacha de amplia sonrisa eginética.
¿Quién ganará la partida? ¿Las blancas o las negras?
Voz en off: acabará en tablas.



 (Imagen de Clifford Harper)


16 mar. 2013

El santo oculto, de Pietro della Manieri





Una de las vidas de santos que ocultó el hagiógrafo Jacopo della Voragine fue la del inclasificable Ubaldo de Lizza. De extracción humilde Ubaldo sufrió en la recién iniciada juventud la leva de uno de los señores del principado de Lizza. Combatiente forzoso, no tardó en desertar y alejarse de los territorios de origen. En lugar de dirigirse a alguno de los estados vecinos se embarcó hacia Oriente, instalándose en el imperio selyúcida. Aprendió la lengua del lugar, ejerció de artesano y gracias a su habilidad para las lenguas no tardó en convertirse en un calígrafo reconocido.  

Esta historia oculta ha sido revelada recientemente por el notable archivero Pietro della Manieri quien, a su vez, dice que la pista le fue proporcionada por un mercader de Estambul llamado Mu'izz ad-Din, perteneciente a una familia instalada en el Gran Bazar desde hace siglos. Della Manieri pidió la excedencia en el archivo de su pequeña ciudad de provincias y se instaló durante varios años en la región más occidental de Anatolia. Poco a poco fue hilvanando algunos débiles cabos que le hablaban de un cristiano integrado en la corte del sultanato de Rüm nombrado por unos como Baldo, conocido por otros como Nasir Mahmud, pues si se trata del mismo personaje tendría su lógica ya que adaptaría una nueva personalidad a las circunstancias. A través de su oficio, tan alejado de las armas, llegó a ejercer una gran influencia. La caligrafía le condujo a la poesía y, si bien se conservan pocos textos de los que se pueda garantizar su autoría, la transmisión oral los denomina como el Diwan Mahmud.

Della Manieri afirma que el exiliado Ubaldo de Lizza nunca renunció a su fe cristiana. Pero a través de los textos del poeta neo selyúcida concluye que también adoptó las creencias expresadas en el Al-quran. Por si esta simbiosis atípica en todas las culturas de la época no fuera suficiente, algunos testimonios coetáneos del semiconverso Ubaldo de Lizza indican que también bebió de las interpretaciones más puras del sufismo y que no fue ajeno a ciertas corrientes del lejano Oriente. De ahí que nuestro personaje exaltara en su obra el acompañamiento del vino y la entrega mística. Donde Ubaldo-Nasir fue un rompedor fue en introducir ciertas variantes de una clase de amor que en la India algunos llamaban Tantra. ¿Fue este valor extremo en ir sumando a su acervo de conocimientos y de creencias lo que estableció un sincretismo difícil de asimilar por los más ortodoxos exegetas de la ley del Profeta? ¿Acaso esta decisión de traspasar los límites del pensamiento de su época, rechazando detenerse en las fes al uso, fue lo que le hizo granjearse enemistades y odios hasta terminar en una conjura sangrienta contra su persona?

Hay quien opina que todo fueron excusas para acabar con la vida de un personaje sencillo, aunque nada común, que estaba introduciendo en la corte y, también por reflejo de aquella, en ciertos sectores de la sociedad un nuevo concepto de la práctica amorosa. Ghiyat, denominado el asceta culto, que, aunque perteneciente a una generación posterior a la de Nasir Mahmud, manejó informaciones fidedignas deja entrever en su Diwan del asceta que ve, oye y calla lo siguiente:  

"(...) Sus enemigos no temían los conocimientos del gran hombre. Tampoco su procedencia ni que fuera capaz de mantener tantas creencias a la vez. Pues todos comprendían que sabía asimilarlas y eso le dotaba de una riqueza que repercutía en su actividad creativa. Fue cuando empezó a comentarse, con fundamento o sin él, que algunas concubinas se negaban a condescender en el lecho a la manera tradicional con sus señores, y que diversas familias de la ciudad observaron que sus esposas o hijas no aceptaban el servilismo sexual que las privaba del goce y las sometía por las buenas o por las malas, cuando se difundió el rumor, acaso malintencionado, de que aquellas nuevas costumbres, consideradas rebeldes, venían siendo propiciadas por las ideas y expresiones poéticas del calígrafo y literato por excelencia del sultanato."

No voy a revelar más al respecto, pues los detalles de la investigación que el archivero Della Manieri llevó a cabo aparecen en su libro El santo oculto con toda extensión y lujo. Cautivador texto, grata transportación al pasado y a un episodio poco conocido. Por qué Jacopo della Voragine olvidó o ignoró a propósito el sacrificio del viejo creyente de todas las creencias, sin renegar de la original en la que fue bautizado, es objeto de hipótesis acertadas por parte del autor del libro. La Editorial Encuentros con el Origen ha realizado una atractiva edición, iluminada con imágenes rescatadas de libros medievales.




(Imagen: cuadro de Balbi López Santos)

14 mar. 2013

¿Dónde fue a parar la bola de cristal?




Portada mucho más divertida que la del Calendario Zaragozano. Éste sigue en vigor con sus infalibles pronósticos: fríos en invierno y calores en verano. Pero, ¿qué fue del Almanaque de Ross? ¿Barrió el crac del 29 el negocio? Desaparecida aquella parafarmacia de su tiempo (píldoras para adelgazar, pastillas tónicas, píldoras de la vida, etc.) nunca más supimos de un calendario ameno que solo por el oráculo merecía la pena tener. ¿O el oráculo mismo se estrelló contra las olas de la Bolsa de Valores neoyorquina?




Y, sin embargo, qué derroche de fe, qué correspondencia a las indicaciones del Dr. Ross, qué lógica irracional (los términos antitéticos se buscan) que llevó a cientos de ahorradores modestos y no tan modestos a invertir según los del Almanaque. Testimonio del industrial Arthur W. Carlson, fiel seguidor de la cábala rossiana:

"(...) Me sentía feliz con las ganancias proporcionadas por mis negocios de los últimos años. No voy a aclarar cómo logré acumular tanto dinero. Recibía ofertas inversoras desde todos los lados. Un amigo de Wisconsin me sugirió dedicarme a la explotación forestal. Otro de Ohio me dijo que si yo quería me pondría en contacto con gente que estaba haciendo, según él, lucrativos negocios en el vecino Canadá. Un primo lejano que vivía en Maryland se empeñó en que la industria naviera estaba en auge y que iba a ir a más, que era un buen momento para formar parte de un holding. Nunca he sido un emprendedor de riesgo y estaba ya cansado de la misma actividad fabril que había mantenido hasta entonces. Pensaba que era tiempo de descansar y dejar que el capital prosperase en lo más cómodo. Consulté las investigaciones y cálculos del Dr. Ross con arreglo a mis parámetros. Está claro lo suyo, me dijo uno de los intermediarios del Dr. Ross, invierta en la Bolsa de la calle Wall. Creo que fue la mejor solución. Mis empleados, de acuerdo con los brokers, hacen fluir mi dinero mientras disfruto de un retiro anticipado a todo lujo en Centroamérica. Nunca estaré suficientemente agradecido a los sesudos análisis del Dr. Ross"  

La carta, aparecida en The New York Times, lleva fecha de 23 de octubre de 1929.