4 oct. 2017

El año en que Lee Miller y yo nos amamos apasionadamente. Edward Anderson Wells




"Fue en París cuando nos miramos. Por supuesto, antes nos habíamos encontrado en un checkpoint de frontera. Unas palabras ligeras, varios amigos de por medio, coñac requisado a los alemanes, que a su vez se lo había robado a campesinos franceses, intercambio de periódicos y fotos, muchas fotos que no sé dónde habrán ido a parar. Allí hubo miradas cruzadas, ligeras, movimientos de ojos a unos y a otros, sin más. ¿Que a mí se me registró algo de ella tras la retina? ¿Que ella se quedó con una cierta percepción de mí por alguna frase o risa? No lo sé. Lo que sí sé es que en París nos miramos."  

El novelista Edward Anderson Wells, nacido y criado en Birmania, comienza de este modo su narración inédita, El año en que Lee Miller y yo nos amamos apasionadamente, de la cual no se había tenido noticia jamás, y cuyo manuscrito mecanografiado había aparecido hace poco más de un año en el traslado de los muebles de la casa de su amigo John Demarie. 

"Era Pernod lo que bebíamos formalmente pero lo que nos emborrachaba de verdad era una lenta ingestión de nuestras miradas. No estábamos solos. Es curioso, pero salvo en momentos de cama, nunca lográbamos quitarnos de encima los amigos que se nos pegaban. Probablemente todos acudieran como moscas al pastel que Lee ofrecía y que no era su mera belleza física. Lee sabía tratar a los hombres, no despreciaba a nadie por muy tímido o insignificante que se mostrara, y esta actitud era tan reconocida como atrayente para cualquier hombre que entrara en nuestro círculo. Diría más: su atención hacia cualquiera abrigaba y el más desesperado se sentía reconfortado. Nadie era ínfimo para ella. Yo mismo, que no me considero de un atractivo que descuelle, no acabo de creer que se me insinuara tan sinceramente. Por qué yo, le pregunté un día, no sé si pidiendo una confesión o exigiendo que me aportara una idea sobre mí que yo no había percibido nunca. Ella, entonces, por respuesta, convertía su mirada, más aguzada y penetrante, en un lenguaje secreto, profundo, solo destinado a mi capacidad de absorción sensitiva. Eso me bastaba. No sé si yo le devolvía análoga intensidad de sentimientos, pero me aceptó en mis límites y los expansionó. Hasta que se cansó de mí, varios meses después."

Anderson Wells traza algo más que un relato de atracción en tiempos de guerra. Una atracción loca podría ser una calificación demasiado superficial, pues los personajes que dibuja no se definen por el lado erótico únicamente. O si esta vertiente predomina el escritor no la reduce a describir encuentros o resaltar instantes intensamente lascivos. Ahonda también en los lenguajes que se multiplican en dos individuos que se buscan y arriesgan sensaciones y sentimientos para obtener respuestas acerca de su propia personalidad.  

"Jamás me preguntas si estoy a gusto contigo, me dijo en el receso de una noche agitada. No tengo necesidad, la respondí. Escucho tu cuerpo desde que entras en la habitación. O en los contados paseos solitarios junto al Sena. Todo tu cuerpo habla y yo te recibo como un aprendiz de lenguas exóticas o de argot barriobajero. Entonces ella me atrajo por el cuello. Su boca latía en mi oído, sus dedos llamaban con fragor sobre mi piel, y aquellos pechos rígidos danzaban junto a mi pecho. Vengo de vacíos que nadie sabe, dijo quedamente. No estoy aquí solamente para que tu cuerpo sea un vehículo pasajero sobre el mío. Deberás saber de mí y me responderás cuando te pregunte si me aceptas en todas mis imperfecciones. Estuve a punto de afirmar, pero ella no me dejó. No digas ahora nada, prueba antes cómo las vidas se multiplican desde los cuerpos pero, eso sí, házmelo saber."


La obra inédita de Edward Anderson Wells El año en que Lee Miller y yo nos amamos apasionadamente se halla en proceso de impresión. Una edición a cargo de la editorial Earth & Moon. 





15 sept. 2017

La frágil mano de Dios. Un nuevo libro de la tetralogía de Jean-Claude La Limbe




"He llegado a la conclusión de que la mano de Dios es una mano huérfana, exclamó el Padre Séverin Des Ciels, célebre teólogo de La Escuela de Altos Estudios de Teología y Metafísica de París, ante el auditorio que abarrotaba el aula La Joie. Y añadió: Siempre se ha explicado el eje de la Capilla Sixtina de Miguel Ángel como un acto de creación del Ser por excelencia sobre la Nada. Ahora he llegado a comprender que la Nada arrastraba a la Nada y que el pintor hacía un guiño a las críticas que estaban surgiendo en Alemania a la corrupción de la clerecía. Todos los asistentes saltaron al unísono en un bronco ¡oh!, se miraron entre sí, unos con sonrisa cínica, otros con risa contenida, muchos con rostro severo y encogido y los más con preocupante estremecimiento. No, dijo el teólogo, no voy a despachar de un plumazo a Dios. Cada cual puede seguir manteniéndolo como guste. Simplemente quiero hablar de su orfandad originaria que ha pretendido trasladar al hombre". 

Así comienza La frágil mano de Dios,  obra de Jean-Claude La Limbe, tercera parte de la tetralogía De lo no creado y de lo inventado, donde el autor se ha propuesto interpretar a su manera cómo la historia humana está compuesta de vacíos que son suplidos por el hombre y acaban traducidos en nuevos desiertos. La capacidad hábil primitiva, la cultura, las creencias, el amor, las fantasías, los mitos antiguos y las ilusiones modernas, son algunos de los temas en los que, por medio de tramas y personajes que recuerdan los existentes en el pasado, intenta bucear. Cierto que su intención no está sino cargada de una ironía desgarradora que no deja títere con cabeza y con la que en absoluto pretende dañar las ideas que cada individuo lector tenga dentro de sí. "Al fin y al cabo, suele decir La Limbe, uno piensa lo que quiere acoger y lo que cree que necesita, como comer melocotones o subir a un tren. Las ideas no tienen pureza, son sólo su utilidad." 

En esa dirección La Limbe cuestiona las obras de los genios pero profundiza en las intenciones ocultas. Véase este párrafo: 

"Buonarroti no solía subir al andamio tantas veces como se ha pensado. Los temas de la magna obra encargada ya estaban concebidos desde los textos sagrados. Él necesitaba contemplar a Dios desde el suelo, no solamente porque así fuera la condición humana, sino porque el verdadero poder del hombre, sublime en un pintor, es la perspectiva. Quien tiene perspectiva de las imágenes de personas, de paisajes y de objetos, la tiene también sobre el pensamiento. Y esto, que al principio no era sino algo rudimentario y derivación lógica de la necesidad de procurar la subsistencia, se ha trocado a lo largo del tiempo histórico y de la experiencia humana en rector de los actos, desde los más elevados a los más modestos. El pensamiento ha destronado la orfandad divina, aunque quién sabe si para asentar el desvalimiento humano. El genio de Caprese lo tenía claro."

Literatura provocativa, lenguaje fluido, abundancia de citas de personajes y acontecimientos históricos...¿Qué más se puede pedir a Jean-Claude La Limbe, hábil excavador y, por lo tanto, demoledor  de las falsas ideas construidas por los entes más interesados de la historia? La novela ha aparecido en la editorial francesa La main stupide. Ojalá sea traducida y puesta en nuestras librerías lo antes posible.




(Fotografía de Paul Nogué) 


27 ago. 2017

La periodista, novela de Viktoriya Stinechko




"Fue tras terminar de desayunar, mientras se limpiaba los dientes, cuando Erika Amundsen entró en un extraño estado. La pasta dentífrica le escurría de los labios, la mirada permanecía ausente, su mano sujetaba por inercia el cepillo y aquella desnudez inocente permanecía inalterada a pesar de la ventana abierta al aire de invierno. De pronto, su cuerpo se tornó más claro, los cabellos se poblaron de un color níveo y al contemplarse en el espejo le pareció que los ojos perdían su tono verdoso para acabar siendo impreciso." El principio de La periodista, novela corta de Viktoriya Stinechko con la que ganó el Active Woman Award que cada dos años conceden en el municipio de Fristaden Christiania, recuerda otra novela clásica de cierto escritor de Praga. ¿Es por ello una copia lineal de la obra más citada de F.K.? No, aunque la idea que persigue a su autora siga el modelo del praguense, si bien ¿es que acaso es malo seguir los modelos de lo que merece la pena y más si resulta magistral?

La periodista es la historia de Erika Amundsen, veterana modelo reconvertida en periodista free lance , en parte por hastío de su trabajo, en parte para desarrollar su primitiva vocación, espoleada ahora por cuanto ha visto entre los entresijos más oscuros de las profesionales de la moda. Pero es precisamente ese conocimiento que tiene lo que va a hacer que se le valore en los ambientes periodísticos, con la contrapartida de que suscitará profundos enconos, cuando no odios, entre los poderes que mueven dinero e influencias. Porque Erika Amundsen no se limita a descripciones formales o a recrear situaciones y ámbitos cuando narra desde sus artículos las presiones, padecimientos y mentiras sufridas por las chicas, sino que fiel a su sensibilidad tras largos años de tener que pasar por todo decide vengarse con una labor crítica constante y sumamente mordaz.Y ahí es donde se dispara el interés de la novela. El cerco al que se ve sometida por su espíritu de denuncia, las trampas que pone la mano negra para desacreditarla o las amenazas abiertas que recibe van a poner a prueba su valor y su inteligencia, así como la capacidad de sus amigos para arroparla o para huir de ella.

"Erika Amundsen no dejaba de lado en sus artículos ni a antiguos jefes incompetentes ni a oscuros intermediarios oportunistas que pretendía aprovecharse de ella para otros fines ni a frágiles políticos municipales que buscaban escalar en nombre de la ciudad. Había decidido que su pluma no podía andar con contemplaciones ni ceder a los temores que pretendían infundir en ella aquellos detentadores de poder que hoy tienen la silla asegurada y mañana se ven abocados al vacío. Ella había visto lo que había visto, conocía los vínculos que negocios tramposos y empleados corruptos establecían entre sí para aprovecharse de los más débiles. Y en aquella circunstancia, el ambiente laboral de las modelos no era sino un eslabón más de un descarado funcionamiento de empresas turbias a las que no salvaba ni el dinero de la inversión, nada limpio, ni el supuesto prestigio que decían, a través de sus medios de prensa comprados, que aportaban a la sociedad".

Esa claridad de conciencia de la protagonista es la que le va a originar un dilema serio que se le ha planteado a muchas personas en distintas actividades y tesituras. Si sigue adelante al escribir crónicas cada vez más ácidas y persevera en su información más exhaustiva, su vida corre un peligro decisivo. Es la ausencia de ruido la que le espanta, y ahí la protagonista teme lo que no se ve.

"Los mensajes de advertencia que Erika recibía apenas eran percibidos por nadie. No había llamadas explícitas de amenaza, sino maneras indirectas. Un pequeño anuncio en cierto periódico local cuyo significado solo podía captar la mujer, la mirada permanente y fija de un individuo desde otra mesa durante una comida de ella con amigos o simplemente tratar de coger un taxi libre y que éste no parara. Detalles que otra persona consideraría casuales, pero en los que ella veía una intención oscura. ¿O todo consistía en una paranoia que trastornaba su equilibrio y construía una realidad paralela pero falsa?"

La fluidez con la que está escrita la novela por parte de Viktorya Stinechko  no significa que desarrolle un tema liviano, sino que la autora pretende que el lector tenga facilidad para acceder a los problemas hondos que ella desea transmitir. La periodista sale a la venta el próximo mes, editada por Complaint books.

  

(Fotografía de Jean-François Jonvelle)



21 ago. 2017

La lección de billar de Julius Henry Marx




"Julius Henry Marx solía jugar cada tarde al billar con su hija M. Fíjate cómo pongo las bolas y las hago desaparecer una tras otra, le decía. Esto también es magia. Pero M., en lugar de mirar el tapete de la mesa y el movimiento de su padre con la baqueta, solo le miraba a él. Julius Henry Marx, que era un consumado jugador, hacía no obstante trampas con la niña, aparentando ser poco más que un torpe aprendiz. Y aprovechaba el momento para la consabida lección moral con su retoño. Haz en esta vida todas las trampas que puedas, le dijo un día a M., si quieres llegar muy arriba; por supuesto, no me lo aplico a mí mismo, no he querido llegar nunca muy alto, me da vértigo subirme a una banqueta. Entonces M. se reía descaradamente. A veces ni siquiera era necesario que el consumado padre e incipiente jugador, ¿o era al revés?, pronunciase palabra alguna. M. miraba su concentración, observaba su exagerado estilo y prefería estar más pendiente de una de las frases ingeniosas y subversivas de su padre. No me mires de esa manera que me conquistas, decía Julius Henry Marx a la pequeña. Así empezaron todas las mujeres de mi vida y me abandonaron. Pero papá, saltaba M., ¿cómo te iban a abandonar si se casaron contigo? Julius Henry no vacilaba. Ah, pequeña, el matrimonio es la forma más fácil de que se olviden pronto de ti. Como no acabara de entenderlo, la niña insistía. Entonces, papá, ¿es por eso que mis hermanos y yo estamos aquí? ¿Para recordarte que no estás solo? Julius Henry, que reía más por dentro que por fuera o dejaba que los demás rieran por él, estalló en una estruendosa carcajada. Ya se encarga siempre vuestra madre de hacerse notar, sobre todo cuando os persigue por la casa a gritos y me dice que no hago nada para que no seáis tan revoltosos.

Decididamente M. fue de mayor una pésima jugadora de billar. Nunca me enseñó bien mi padre a jugar, o yo no estuve atenta, comentó a un periodista del The pool journal; pero aprendí a reír con una caracterización tan natural que era siempre la primera de la clase en esa materia. Metía todas las bolas de la risa, hasta conseguir de los compañeros el título de diplomada, confesó a la prensa"


Del libro Memorias apócrifas de la familia M.



(Fotografía de Gene Lester/Getty)


7 jul. 2017

Aquel verano en Rodés. Última novela de Michelle Sainte-Marie




"Cuánto me gustaba mirar de niño aquella foto de familia. Elia, mi madre, al fondo, resguardando discretamente su fascinante hermosura, en una pose que recoge más su nimiedad física y, naturalmente, con el protector y coqueto canotier. La tía Joanna, explotando su canon griego, extendida en su abundancia desinhibida sobre el mármol de una de las mesas del velador. A sus pies Kauski, el bulldog que Marc se trajo cuando le expulsaron de Alemania por el escándalo. Marc, según me contaba mi madre, era el que hizo la fotografía. Era mayor que ambas hermanas y, aunque él afirmaba en público que no le unía parentesco alguno con las mujeres, había voces del lugar que afirmaban con prudencia, eso sí, que era hermanastro. Ellas no quisieron creerlo nunca y él tampoco utilizó tal argumento para acceder a los bienes de la familia. Mi madre estaba enamorada de Marc, y Marc la trató siempre de manera especial, pero la tía Joanna hacía todo lo posible por evitar que la atracción de un aventurero se mezclara con los negocios de la familia. Excusas de mi tía y oscuras negaciones que nunca fueron resueltas".

En este comienzo de la última obra de la escritora de La Réunion Michelle Sainte-Marie parece situarse toda la trama, pero solo se trata de un ardid, más que un recurso, para que el lector se sienta atrapado por ciertos resortes que, en mayor o menor medida, van a estar presentes a lo largo de las escasas ciento sesenta y nueve páginas de la nouvelle. El tabú del amor entre hermanos no es, con resultar el tema más morboso, el eje principal de la novela. Prima por encima de ello el sentido de la libertad de costumbres y de pensamiento en un tiempo en que en el continente se restringían ideas, se reprimían conductas y se castigaban disidencias. Entre los muros de la finca de las hermanas Sorelle todo estaba permitido. No en vano congregaban periódicamente a librepensadores que no podían expresarse en público, a artistas de manifestaciones diversas a los que se había censurado, a viajeros que habían recorrido diferentes naciones del mundo y podían relatar otras formas de vida, a jóvenes inquietos que tenían que disimular sus discrepancias fuera de aquellas reuniones concitadas por las Sorelle. O simplemente a cualquier buscador ácrata que no se casaba con ninguna de las doctrinas ni ordenamientos al uso.

"Marc era uno de aquellos hombres sin adscripción que solo instigaban, y en ocasiones espoleaban con pasión, su propio pensamiento interior. Exteriorizaba calma y bonhomía, sabía condescender con cualquiera y era especialmente receptivo con las personas más indignadas que se veían obligadas a morderse la lengua. Sabía apaciguar a cuantos llegaban a él solicitando una opinión o irritados por la deriva de los acontecimientos de un continente que se venía abajo poco a poco. Podría decirse que su pensamiento y, sobre todo, su actitud tenían un origen presocrático. Trataba de no dejarse herir demasiado por los sucesos que dividían a los hombres. Respiraba un oxígeno hedonista que en ocasiones desembocaba en la persecución del placer por el placer, manteniendo siempre un control sobre sus instintos. Buscaba con perseverancia una explicación plural, aunque no la tuviera de modo inmediato, a cuanto se produjera cerca o lejos de él, pues decía que tanta complejidad de los universos, y literalmente lo decía así, no podía explicarse reduciendo más la visión de las cosas sino yendo al fondo de ellas. Advirtiendo cómo las relaciones que se generaban entre los hechos, los objetos, los cuerpos o simplemente las conductas iban fomentando respuestas y nuevos interrogantes. Pero no proponía una vía visceral, de corto plazo. Hay que tomarse cualquier asunto insignificante con rigor, por supuesto, pero sobre todo con mucha serenidad, decía. La serenidad es un faro luminoso, más que las ideas. Cosas así eran de sumo agrado para mi madre y mi tía, para las que aquel espacio de reunión de gente diversa en su finca tenía mucho del jardín de Safo".

Ciento sesenta y nueve páginas que, en una sensible y receptiva traducción de María Sosa, se publicarán a la vuelta de este verano en la editorial La noche amable.



(Fotografía de Karin Szekessy)


14 mar. 2017

Cuento nuevo japonés sobre uno viejo (inspirado en Horitomo) para niños sumisos y gatunos





"Mizuki, la gata madre mira a su hija que despunta como púber y la llama. Ha llegado la hora de hacerte mayor de verdad, Yoko. Y como todo gato de nuestra familia que se precie debes ofrecer tu pelambre al tatuador, le dice. Que todos vean que eres una gata bien puesta.

Pero yo no quiero dejar de ser la gata que fui, lloriquea Yoko.

Quieras o no quieras, dejas de ser la gata de antes simplemente porque ya estás cambiando. ¿O creías que un gato es solo una figura de porcelana o de jade, inmutable, con expresión falsa y abúlica e incapaz de decir miau?

Ay, pues si no hay más remedio me dejaré tatuar. ¿Me harán daño?

Sentirás un cosquilleo, responde Mizuki. Pero ya verás lo orgullosa que te sientes cuando Kenzo, el tatuador de la aldea, haya terminado el tatuaje.

¿Y ya siempre tendré que ir con mi cuerpo convertido en un cromo?

No es un cromo, Yoko, es tu nueva personalidad. Ningún gato puede deslumbrar a otros gatos ni hacerse respetar ni ganarse los cariños con el sudor de sus mimos si no se tatúa. Serías una bicha rara y los de nuestra especie no te reconocerían y tendrías que vagar por la tierra para toda la eternidad.

¿Y si quiero ser eterna, aunque vague de mala manera por ahí?, pregunta la gata adolescente. Acuérdate que a veces pasan por aquí esas gatas que no se dejaron tatuar y viven más libres que el aire de la bahía.

Mizuki pone cara preocupada.

No es buena cosa, le dice con ternura. Los riesgos son superiores a las seguridades. Y un gato que se precie debe ser doméstico, dar satisfacción a sus dueños y alegrarles la jornada cuando llegan de sus trabajos. Además, no sabes bien lo agradecidos que son los ancianitos que nos acogen.

Pero eso es muy aburrido, insiste Yoko. Toda la vida a cambio del plato de leche y esas otras birrias que venden en el supermercado de los humanos. Y encima bailarles el agua a los niños tontos y a los padres hastiados. Que lo veo todos los días, vaya.

Quién sabe si cuando luzcas tu tatuaje no estarás en mejores condiciones para hacerte valer con los gatos y con los animales de dos patas. A mí me dio resultado. Así que vete pensando de qué quieres que te tatúen, Yoko. Además ya ves que hay muchos humanos que llevan en parte o en todo su cuerpo como otra piel. Y la gente los admira.

Yoko se queda pensativa.

No sé. Una niña. Que toda mi tripa y mi pecho lo ocupe una niña. Siempre he querido ser una niña y sé que mi cuerpo de gata oculta un cuerpo de niña. Hay días que lo siento tan intensamente.

Qué rareza la tuya, dice Mizuki. Podías pedir como otros que te pintaran rayas de tigre o culebras o flores de almendro.

Eso está muy visto, y Yoko se pone furiosa. Todo el mundo se tatúa lo mismo. Yo quiero una niña en mi piel o no hay tatuaje.

Se lo diré a Kenzo, a ver si puede hacerlo, dice mosqueada la madre gata. 

Pero ya se sabe que las madres gatas de hoy día son demasiado condescendientes y les compran de todo a las crías gatas. Así que Yoko pone cara alegre ¡por fin! y le dice a su mamá:

Vamos ya a ver a Kenzo. Estoy dispuesta al sacrificio. Y di al tatuador que lo haga bien, que tiene que ser una niña bella y con rostro bondadoso. Y que no la termine del todo, que deje la imagen abierta, como dicen los artistas de una obra.

Y eso, ¿qué rayos verdes quiere decir, Yoko? Por todos los demonios y fantasmas de nuestro pueblo, ¡cuántas rarezas las tuyas!

Ay qué poca imaginación tienes, mamá Mizuki. La niña tendrá luego que crecer, ¿no?". 


Nuevo cuento tradicional japonés. Aparece en el libro "Demonios, fantasmas y otros seres que ni fú ni fá", editado por Ediciones del Sol Poniente. De próxima aparición.





(Imágenes de Kazuaki Kitamura, Horitomo



1 ene. 2017

La huida




Fue de madrugada cuando sintió un dolor fuerte en el costado. Cambió de postura y el dolor pasó al otro costado del cuerpo. Buscó la manera de amortiguar aquel pellizco que se iba haciendo más intenso y nómada. Boca arriba será mejor, se dijo. Respiró profundamente y se tapó con las sábanas. Pero el dolor escaló desde lo profundo de su abdomen. Será que es un dolor celoso de su libertad y necesita manifestarse. Le concederé un margen de credibilidad, pensó. Pero un dolor no es precisamente un amigo y por más que el hombre intentaba dialogar con su mensajero aquél no se avenía a negociar. Verás ahora, pensó. Giró con brusquedad y se dejó caer pesadamente sobre su barriga. Fueron unos instantes largos de alivio. Ya te he sepultado, ya estás sometido, de ahí no saldrás, dijo el paciente accidental al eco de su dolor. Permaneció a la escucha o, mejor dicho, atento al silencio de sus vísceras. Contó los segundos, treinta y cuatro, treinta y cinco, y así hasta que traspasó el minuto, un tiempo para él suficientemente representativo. Toda su vida había considerado que si una molestia se aplaca transcurrido un minuto ya no es dolor lo que a continuación puede sentirse. Un argumento absurdo, pues lo que sucedía casi siempre a un dolor era otro dolor más horroroso que el anterior. Sin embargo o había contado mal o la filosofía del dolor no atendía a razones temporales. De pronto sintió toda su tripa como si fuera una rueda de cuyo centro emergían radios virulentos en todas las direcciones amenazando con extenderse a otros órganos. Sacrificaré el descanso, vibró el hombre. Pasaré la noche de pie. Se alzó con brusquedad, sin ocultar su enfado con aquel dolor camaleónico que le buscaba las cosquillas pusiera como pusiera su cuerpo. Las baldosas estaban heladas pero el alivio fue instantáneo al erguirse. Su cansancio dificultaba el equilibrio si bien la ausencia del mal bien merecía un esfuerzo. Llevaba poco rato en aquella posición cuando las piernas se le empezaron a hinchar. Una presión aguda descendió por las pantorrillas hasta los tobillos. El hombre hizo unos ejercicios ágiles, acompasados, alzando primero una pierna, luego la otra. Alternaba los movimientos como si se tratase de soldado en una parada de gala. Con el ritmo parecía aminorar aquel escozor desagradable. Pero empezó a sentirse agotado. Fue parar y comenzar a quejarse de una pesadez que atenazaba los nervios de sus pies y los taladraba. Recogió una pierna para liberar una parte de dolor pero se mantenía con tal dificultad sobre aquella en la que se apoyaba que su cuerpo se vino abajo. Se vio caído en el suelo, en actitud lastimera, desconcertado. Que poco vale uno, acertó a decir a las patas de la cama, de la cómoda, al bacín de debajo de la mesilla. Allí, en la postura desastrada que le había dejado el batacazo, preocupado más de la imagen que se estaba dando a sí mismo el hombre se olvidó totalmente del dolor. Entonces el dolor se sintió rechazado, herido en su orgullo, consideró el olvido un desdén y huyó precipitadamente del hombre. Pasaron varios días hasta que el cuerpo del hombre, antaño pulcro y altanero, fue encontrado entre orines y suciedad. Desde cuándo está aquí este cadáver, dijo en tono malhumorado el juez de guardia a los policías que le habían sacado de una cena con la crème de la crème de la sociedad local. 



(Cuadro La mosca, de Lorenzo Goñi)