7 jul. 2017

Aquel verano en Rodés. Última novela de Michelle Sainte-Marie




"Cuánto me gustaba mirar de niño aquella foto de familia. Elia, mi madre, al fondo, resguardando discretamente su fascinante hermosura, en una pose que recoge más su nimiedad física y, naturalmente, con el protector y coqueto canotier. La tía Joanna, explotando su canon griego, extendida en su abundancia desinhibida sobre el mármol de una de las mesas del velador. A sus pies Kauski, el bulldog que Marc se trajo cuando le expulsaron de Alemania por el escándalo. Marc, según me contaba mi madre, era el que hizo la fotografía. Era mayor que ambas hermanas y, aunque él afirmaba en público que no le unía parentesco alguno con las mujeres, había voces del lugar que afirmaban con prudencia, eso sí, que era hermanastro. Ellas no quisieron creerlo nunca y él tampoco utilizó tal argumento para acceder a los bienes de la familia. Mi madre estaba enamorada de Marc, y Marc la trató siempre de manera especial, pero la tía Joanna hacía todo lo posible por evitar que la atracción de un aventurero se mezclara con los negocios de la familia. Excusas de mi tía y oscuras negaciones que nunca fueron resueltas".

En este comienzo de la última obra de la escritora de La Réunion Michelle Sainte-Marie parece situarse toda la trama, pero solo se trata de un ardid, más que un recurso, para que el lector se sienta atrapado por ciertos resortes que, en mayor o menor medida, van a estar presentes a lo largo de las escasas ciento sesenta y nueve páginas de la nouvelle. El tabú del amor entre hermanos no es, con resultar el tema más morboso, el eje principal de la novela. Prima por encima de ello el sentido de la libertad de costumbres y de pensamiento en un tiempo en que en el continente se restringían ideas, se reprimían conductas y se castigaban disidencias. Entre los muros de la finca de las hermanas Sorelle todo estaba permitido. No en vano congregaban periódicamente a librepensadores que no podían expresarse en público, a artistas de manifestaciones diversas a los que se había censurado, a viajeros que habían recorrido diferentes naciones del mundo y podían relatar otras formas de vida, a jóvenes inquietos que tenían que disimular sus discrepancias fuera de aquellas reuniones concitadas por las Sorelle. O simplemente a cualquier buscador ácrata que no se casaba con ninguna de las doctrinas ni ordenamientos al uso.

"Marc era uno de aquellos hombres sin adscripción que solo instigaban, y en ocasiones espoleaban con pasión, su propio pensamiento interior. Exteriorizaba calma y bonhomía, sabía condescender con cualquiera y era especialmente receptivo con las personas más indignadas que se veían obligadas a morderse la lengua. Sabía apaciguar a cuantos llegaban a él solicitando una opinión o irritados por la deriva de los acontecimientos de un continente que se venía abajo poco a poco. Podría decirse que su pensamiento y, sobre todo, su actitud tenían un origen presocrático. Trataba de no dejarse herir demasiado por los sucesos que dividían a los hombres. Respiraba un oxígeno hedonista que en ocasiones desembocaba en la persecución del placer por el placer, manteniendo siempre un control sobre sus instintos. Buscaba con perseverancia una explicación plural, aunque no la tuviera de modo inmediato, a cuanto se produjera cerca o lejos de él, pues decía que tanta complejidad de los universos, y literalmente lo decía así, no podía explicarse reduciendo más la visión de las cosas sino yendo al fondo de ellas. Advirtiendo cómo las relaciones que se generaban entre los hechos, los objetos, los cuerpos o simplemente las conductas iban fomentando respuestas y nuevos interrogantes. Pero no proponía una vía visceral, de corto plazo. Hay que tomarse cualquier asunto insignificante con rigor, por supuesto, pero sobre todo con mucha serenidad, decía. La serenidad es un faro luminoso, más que las ideas. Cosas así eran de sumo agrado para mi madre y mi tía, para las que aquel espacio de reunión de gente diversa en su finca tenía mucho del jardín de Safo".

Ciento sesenta y nueve páginas que, en una sensible y receptiva traducción de María Sosa, se publicarán a la vuelta de este verano en la editorial La noche amable.



(Fotografía de Karin Szekessy)


6 comentarios:

  1. Me gustaría saber qué pasó con Marc... Parece una personalidad intrigante, y generosa.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. No sé, quién sabe si el texto lo aclara...

      Eliminar
    2. Me parece un poco contradictorio el hedonismo y el control sobre los instintos y la negación de una vía visceral. La serenidad por encima de todo la veo como la clave de generosidad del hombre: pone los otros antes de él, pese a su carácter hedonista. No quiere imponer nada a nadie, aunque deba sufrir las consecuencias de tanta serenidad.

      Eliminar
  2. Buen comienzo para incitar al lector. Gracias por compartir.
    Un abrazo

    ResponderEliminar